Hubo un tiempo en el que encender un ordenador significaba terminar delante de un C:\>.
No había escritorio esperando, ni asistentes intentando resolver lo que ocurría. El sistema estaba ahí, bastante más a la vista que ahora, y para conseguir que hiciera determinadas cosas tenías que aprender cómo funcionaba.
No creo que aquello fuera mejor. Era más incómodo, más lento y muchas veces desesperante. Pero tuvo una consecuencia que entonces no podía imaginar: para utilizar aquellos ordenadores acababas aprendiendo bastante de lo que ocurría debajo.
Y muchas de las cosas que aprendí así siguen influyendo en mi forma de mirar la tecnología.
Cuando encender el ordenador te dejaba en C:\>
En los primeros equipos, el sistema operativo no era algo invisible. Era algo que configurabas, tocabas y, algunas veces, estropeabas.
Recuerdo MS-DOS y DR-DOS, el prompt C:\>, los disquetes de arranque y herramientas que terminaron formando parte del paisaje habitual: Norton Commander con sus dos paneles, EDIT, QBasic, FDISK, FORMAT, SCANDISK o el desfragmentador.
También recuerdo mensajes que no necesitaban demasiadas explicaciones para ponerte en alerta, como aquel Non-system disk or disk error.
Si el ordenador no arrancaba, tocaba averiguar por qué. A veces había que entrar en la BIOS, comprobar el orden de arranque entre A: y C:, preparar un disquete de sistema o reparar lo que hubieras dejado mal.
No era magia. El ordenador tenía partes, había un orden de arranque y cada cosa dependía de otras.
Y equivocarte formaba parte del aprendizaje.
Con los años he vuelto a encontrar nombres de otros DOS, como PC DOS, que me resultan familiares. Pero después de tanto tiempo prefiero no convertir cada nombre que reconozco en algo que asegure haber utilizado. Una cosa es lo que recuerdo y otra reconstruir ahora una cronología perfecta que probablemente nunca existió así en mi cabeza.
Los 640 KB y el arte de hacer sitio
Hay una pelea de aquella época que recuerdo especialmente bien: conseguir memoria suficiente para ejecutar lo que querías.
CONFIG.SYS y AUTOEXEC.BAT podían convertirse en el lugar donde pasabas bastante tiempo intentando ganar unos kilobytes más de memoria convencional.
HIMEM.SYS, EMM386.EXE, DEVICEHIGH, LOADHIGH, FILES, BUFFERS… no eran nombres que conocieras por curiosidad académica. Los conocías porque, tarde o temprano, algo no cabía.
Recuerdo mirar cuánta memoria convencional quedaba libre, mover controladores a memoria alta y preparar configuraciones de arranque diferentes dependiendo de lo que quisiera utilizar.
Era una especie de puzle.
Podías conseguir que funcionara el ratón, cargar el controlador de la tarjeta de sonido, preparar el CD-ROM con su controlador y MSCDEX, añadir alguna otra cosa y descubrir, satisfecho, que todo aquello había arrancado correctamente.
Hasta que ejecutabas el programa para el que habías preparado la máquina y descubrías que ya no quedaba memoria suficiente.
Entonces tocaba volver a empezar.
Lo curioso es que aquella pelea no desapareció de golpe cuando llegaron Windows 95 y Windows 98. Durante bastante tiempo siguieron conviviendo mecanismos heredados de DOS, y muchas de aquellas configuraciones continuaron siendo perfectamente reconocibles.
Las etapas tecnológicas rara vez terminan el día en que aparece la siguiente.
Durante un tiempo, simplemente se mezclan.
Antes del driver estaba la pelea con el hardware
Los drivers podían ser problemáticos, pero muchas veces la pelea había empezado bastante antes de instalar ninguno.
Recuerdo abrir los ordenadores, cambiar jumpers y configurar tarjetas. Las IRQ, los canales DMA y las direcciones de entrada y salida no eran conceptos abstractos: aparecían cuando dos dispositivos decidían querer el mismo recurso y algo dejaba de funcionar.
Las tarjetas de sonido, especialmente las Sound Blaster que recuerdo de aquella época, podían convertir una instalación en una pequeña negociación entre hardware, BIOS, configuración y driver.
Y cuando algo fallaba no siempre estaba claro dónde estaba el problema.
Podía ser el controlador.
O la configuración.
O un conflicto de recursos.
O algo que habías cambiado tú mismo.
Aquello obligaba a entender que entre conectar un dispositivo y conseguir que funcionara había varias capas.
Después llegó Plug and Play con la promesa de hacer todo aquello mucho más sencillo. Y lo hizo, aunque durante un tiempo el conocido «Plug and Pray» describía bastante bien la confianza que algunos teníamos en que todo funcionara a la primera.
Hoy conectar un dispositivo y que el sistema lo reconozca casi inmediatamente me parece una de esas pequeñas maravillas tecnológicas a las que dejamos de prestar atención precisamente porque funcionan.
Discos que había que explicar a la BIOS
Los discos duros también tenían su propio ritual.
Recuerdo los jumpers para configurarlos como Master o Slave y una época en la que la BIOS no siempre detectaba automáticamente todo lo que conectabas.
Había que entrar y configurar parámetros del disco. Cilindros, cabezas y otros valores que hoy parecen pertenecer a otra informática formaban parte de conseguir que la máquina entendiera qué tenía conectado.
Después venían las particiones, el formateo y finalmente la instalación.
Todo eso hacía que cambiar o añadir un disco no consistiera simplemente en conectarlo.
También recuerdo aquella obsesión por aprovechar el espacio disponible. Los discos eran pequeños para lo que queríamos guardar y cualquier forma de ganar capacidad parecía interesante.
Me resultan muy familiares nombres como Stacker, DoubleSpace y DriveSpace, relacionados con la compresión de disco de aquellos años. No recuerdo con seguridad cuál de ellos utilicé ni en qué momento exacto, así que prefiero dejar el recuerdo exactamente ahí.
No necesito reconstruir una precisión que ya no tengo para recordar perfectamente lo importante que podía llegar a ser entonces ganar espacio en un disco duro.
Windows aparecía, pero DOS seguía debajo
En algún momento empezaron a aparecer cada vez más ventanas.
Recuerdo Windows 3.x como algo que arrancabas desde DOS escribiendo WIN, casi como quien ejecutaba otro programa.
De repente aparecía una interfaz gráfica, el ratón cobraba mucho más protagonismo y estaban allí el Solitario y el Buscaminas, dos de esas pequeñas cosas que terminaron identificando toda una época.
Pero DOS seguía debajo y seguías siendo muy consciente de ello.
La memoria continuaba siendo limitada y tampoco podías abrir alegremente todo lo que quisieras. Había que convivir con las restricciones de la máquina y con las del propio entorno.
Visto desde hoy resulta curioso porque Windows empezaba precisamente a hacer algo que la informática ha seguido haciendo desde entonces: esconder complejidad.
Y eso era bueno.
No necesitábamos que cada usuario conociera todos los detalles internos de su ordenador. La tecnología tenía que hacerse más fácil.
Pero quienes habíamos pasado por la etapa anterior seguíamos sabiendo que debajo de aquellas ventanas continuaban ocurriendo muchas cosas.
Windows 95 y 98 prometían hacerlo todo más fácil
Windows 95 y después Windows 98 hicieron que el ordenador empezara a parecerse mucho más al PC que reconoceríamos hoy.
La instalación era más visual, el hardware empezaba a detectarse mejor y muchas tareas que antes exigían configuración manual se fueron simplificando.
Pero «más fácil» todavía no significaba «fácil».
Recuerdo las instalaciones y reinstalaciones, los drivers que se resistían, los archivos .CAB, conservar el CD de Windows porque semanas después instalabas algún componente y el sistema volvía a pedírtelo, y aquella sensación de que nunca convenía guardar demasiado lejos los discos de instalación.
El Administrador de dispositivos podía convertirse en una parada habitual.
Una exclamación amarilla era suficiente para saber que todavía quedaba trabajo.
Y cuando la máquina se empeñaba en no arrancar correctamente, siempre quedaba el Modo seguro para intentar averiguar qué habías roto, qué controlador estaba causando problemas o qué cambio convenía deshacer.
Plug and Play fue haciendo honor poco a poco a su nombre, los drivers mejoraron y el hardware comenzó a esconder buena parte de aquella complejidad.
Afortunadamente.
Porque hay una nostalgia tecnológica que puede hacernos olvidar algo bastante evidente: muchas de aquellas cosas eran un auténtico fastidio.
Que hoy no tengamos que pensar en IRQ, DMA o en liberar unos cuantos kilobytes de memoria convencional para ejecutar un programa no supone haber perdido algo.
Supone que la informática mejoró.
Cuando los ordenadores dejaron de estar solos
Otro cambio importante llegó cuando los ordenadores empezaron a dejar de ser máquinas aisladas.
Mi recuerdo de los grupos de trabajo está especialmente asociado a la época de Windows 95 y 98: varios equipos que podían verse entre sí, carpetas compartidas y recursos que dejaban de pertenecer exclusivamente a una máquina.
Históricamente aquello había empezado antes, y no quiero convertir mi cronología personal en la cronología de la informática.
Lo interesante para mí es cómo cambió mi percepción del ordenador.
Hasta entonces gran parte de los problemas terminaban dentro de la propia máquina.
Cuando conectabas varias, aparecía una nueva capa.
Ya no bastaba con preguntarte qué estaba ocurriendo en un PC. También había que entender cómo hablaba con los demás y qué dependía de qué.
Las redes, los protocolos, los servidores, los dominios y todo lo que vino después merecen sus propios artículos.
Aquí lo importante es simplemente aquel cambio de escala: el ordenador había dejado de estar solo.
Lo que ganamos cuando dejamos de necesitar saber todo aquello
No echo de menos tener que pelearme con CONFIG.SYS para liberar memoria.
Tampoco configurar jumpers, resolver conflictos de IRQ, explicar a una BIOS qué disco tenía conectado o buscar durante horas un driver que funcionara.
Que buena parte de todo aquello haya desaparecido de la experiencia cotidiana es progreso.
La abstracción permite que utilicemos sistemas muchísimo más complejos sin necesitar conocer cada una de sus piezas. Gracias a ella podemos dedicar el tiempo a resolver problemas mucho más interesantes que los que ocupaban muchas tardes entonces.
Pero haber vivido aquella etapa sí me dejó algo.
Cuando un sistema falla sigo teniendo la tendencia a pensar en capas.
Qué se está cargando.
En qué orden.
De qué depende.
Qué hay entre una cosa y otra.
Qué ha cambiado.
Y qué está ocurriendo realmente por debajo de la interfaz que estoy viendo.
Hoy puede ser un servidor, un contenedor, una aplicación o cualquier otra pieza de una arquitectura mucho más compleja. Las tecnologías son distintas y comparar directamente unas con otras tendría poco sentido.
Pero la forma de razonar me resulta familiar.
No porque antes la informática fuera mejor.
Era bastante más incómoda.
Sino porque hubo una época en la que, para conseguir utilizar un ordenador, muchas veces tenías que comprender al menos una parte de sus tripas.
Y cuando has aprendido así, resulta difícil perder del todo la costumbre de mirar debajo.
Quizá sea una de las cosas más útiles que me dejó haber aprendido informática cuando la máquina todavía no hacía demasiado esfuerzo por esconderse.
¿Quieres seguir explorando?
Puedes descubrir más artículos, seguir mis publicaciones en LinkedIn o escribirme.